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De EL PAIS, 24 de Mayo de 2008.

REPORTAJE: Celestino Corbacho Ministro de Trabajo

Corbacho mete la directa

El ministro de Trabajo rechaza la política de “papeles para todos” y exige un escrupuloso respeto a la ley. “Un país nunca puede gobernarse con las normas del último que llega”, dice

LOLA GALÁN 24/05/2008

En el Ministerio de Trabajo e Inmigración siempre hay una luz encendida hasta altas horas de la noche. Es la de la vivienda que ocupa su titular desde hace poco más de un mes, el ex alcalde de L’Hospitalet de Llobregat, Celestino Corbacho, de 58 años. El ministro, con casa en la segunda ciudad de Cataluña y en Comarruga, al borde del Mediterráneo, no ha pensado en buscar otro domicilio en la capital de España. Con la cautela y el sentido práctico que le atribuyen los que le conocen bien, ha preferido atrincherarse en la mole gris de su ministerio, en torno al que va a girar su vida los próximos años. Otros aportarán al Gobierno glamour, másters y títulos académicos. Corbacho, como él mismo cuenta, se dispone a dedicarle las 24 horas del día a su nueva tarea, “aplicando siempre el sentido común”. Y parece que no se trata de una mera frase. Salvo las obligadas visitas a La Moncloa o al Congreso, y una escapada, el día de Sant Jordi, al centro cultural catalán en Madrid, el ministro no ha salido de su despacho, y no ha dejado de llevarse trabajo a casa. Montones de informes; toneladas de papeles sobre las materias clave de su competencia, que ha estudiado con la obsesión de un opositor. Estadísticas, estudios, análisis aburridísimos que se ha bebido como si fueran novela negra.

Y eso que, como dice él, “los políticos deben ser polivalentes y la gestión de un departamento hay que hacerla desde la política”. Aun así, tenía prisa por hacerse una idea de los temas de su competencia para saber si sería capaz de superar la prueba. “Ahora sé que la responsabilidad que me han encomendado no va a dominarme, porque la tengo casi dominada”. Corbacho lo cuenta con su punto de orgullo. Él, un hombre hecho a sí mismo, un autodidacta sin pedigrí académico, se maneja sin problemas entre expedientes, informes y textos legales. Son muchos años ya ejerciendo cargos públicos, viajando en coche oficial, asistiendo a reuniones de alto nivel, como para asustarse por las dificultades de una tarea que le colma de felicidad. Ser ministro es “un orgullo”, y un salto en el escalafón que llega en el momento justo. “Corbacho era una isla potente en Cataluña”, dice un adversario político, “más cercano a los alcaldes que a los altos cargos de la Generalitat”. Y en su propio partido hay quien considera que “había tocado techo”.

En L’Hospitalet, el nombramiento no ha sorprendido. “Se rumoreaba desde hace tiempo. Es un hombre tenaz y trabajador. Persigue sus objetivos como el perro a la liebre”, dice Ramón Luque, ex portavoz de ICV-EUiA en ese Ayuntamiento. Luque le recuerda como un arrogante concejal en los años ochenta. “Venía sobrado, un poco como todos los socialistas, eran los tiempos de los triunfos masivos de Felipe González”. Luego, “los palos que da la vida y la política” le han hecho más humilde. También más desconfiado.

“Soy muy celoso de mi espacio privado. Creo que llegué a ser un alcalde popular, pero odio el populismo”, admite el ministro. De su aspecto sólo destaca una llamativa corbata con rayas negras. Tiene un rostro moreno, de español corriente, que resulta casi familiar. Ni alto ni bajo, ni delgado ni grueso, ni guapo ni feo, parece instalado en una media estadística que le permitiría pasar inadvertido en cualquier sitio, incluido el ministerio. Claro que las apariencias engañan, porque Corbacho ha ocupado ya una larga lista de cargos tanto en su partido, el PSC-PSOE, como en las instituciones catalanas.

Ha tenido en sus manos el control del aparato territorial de los socialistas en Cataluña, ha sido diputado en el Parlament y ha controlado con mano férrea el partido en L’Hospitalet. En 2004 asumió la presidencia de la Diputación de Barcelona. Un puesto excelentemente pagado al que aspira cualquier político catalán. Cuando Zapatero le llamó para venir a Madrid, Corbacho ingresaba 160.000 euros al año. “Como ministro gano la mitad, pero no se puede estar en política por dinero”.

Nuria Marín, su sustituta en el Ayuntamiento de L’Hospitalet y una de sus mejores amigas, confiesa que dudó hasta el final de que entrara en el Gobierno, por la dificultad de encajar tantos nombres. Otra cosa es que su cargo sea un regalo. “Por desgracia, le ha tocado un ministerio difícil en estos momentos”, reconoce Bartolomé Jimeno, alcalde socialista de Valverde de Leganés (Extremadura), donde nació el ministro. La mesa de trabajo de Corbacho quema, con estadísticas que hablan de destrucción de empleo mes tras mes; del desplome de la construcción, que empleaba a cientos de miles de esos inmigrantes que ahora empiezan a agolparse en las oficinas de paro. Un verdadero marrón, en palabras de otro de sus colaboradores, aunque Corbacho parece decidido a coger el toro por los cuernos.

El ministro viene precedido por una fama de duro que ha confirmado ya, en parte, en sus primeras declaraciones como titular de Trabajo e Inmigración. “No estoy a favor de papeles para todos”, dice, y él mismo cuenta la sorpresa de los periodistas que le preguntaban, esta semana, si seguiría aumentando el paro. “Les dije que sí. Hay que hablarle claro a la gente. Yo no sirvo para disimular. Es evidente que el paro va a seguir aumentando. Y en cuanto a la inmigración, es un fenómeno rápido y masivo y no es neutro. Hay que gobernarlo. Cuando usted entra en un país de libertades y derechos, no sólo goza de esas ventajas, tiene también las mismas obligaciones que los demás. Lo que este país tiene lo han conquistado sus habitantes con su esfuerzo y su sudor, sea un parque, sea lo que sea. Un país, un barrio, una escalera nunca pueden gobernarse con las normas del último que llega”.

¿Serán sólo palabras, o el ministro tiene intenciones claras de darle un vuelco a la política de su antecesor, Jesús Caldera? Corbacho insiste en que no habrá ruptura con la política de Caldera, y niega que vaya a congelar las ayudas de emergencia a los parados. Se limitará a seguir “un procedimiento para profundizar esas medidas, para llevarlas a la comparecencia en el Congreso y a la conferencia sectorial que ya está convocada, para el 26 de junio. A partir de ahí, las medidas entrarán en fase de aplicación”.

Es difícil pillarle en un renuncio político, porque conoce el suelo que pisa. Corbacho ingresó en el PSOE en 1976, nada más iniciarse la transición política. “El partido fue siempre mi referente político por lo que había representado en el pensamiento obrero”. En realidad, Corbacho era un pequeño empresario para esas fechas. El menor de los seis hijos de Celestino y María, jornaleros extremeños, nació el 14 de noviembre de 1949 en Valverde de Leganés, cerca de Badajoz. Celestino era un chico despierto y a los 14 años se instaló en Barcelona, donde ya vivían dos hermanos mayores. Allí encontró su camino. Acudió a las clases de política que impartía la UGT, aunque no fue aceptado en el sindicato porque no era un trabajador. “Tenía una empresa dedicada al tema de la organización de oficinas”, dice. Para entonces, Corbacho era ya un hombre casado. Su mujer, desde el verano de 1973, es Carmen Mosquera, barcelonesa, nieta de aragoneses, y persona clave en su vida. La pareja no tiene hijos.

Mosquera, secretaria del Instituto del Teatro, dependiente de la Diputación de Barcelona que presidía su marido, ha pedido una excedencia para estar junto a él. “Se admiran mutuamente”, dice un amigo de L’Hospitalet. Al ex concejal de izquierdas Ramón Luque le parece muy meritorio lo que ha conseguido Corbacho. “Es un animal político, un autodidacta que se ha labrado su propia biografía”. No siempre lo pareció. Empezó siendo secretario de finanzas de la agrupación socialista de Esquerra del Eixample, en Barcelona, y hasta 1983 no fue concejal de L’Hospitalet.

Según Luque, es un político a la antigua, uno que dice cosas, a veces, duras, “nada que ver con el socialismo light de Zapatero”. ¿Cómo se explica entonces tanta sintonía con el presidente? La suerte, un ingrediente clave en la política y en la vida, parece haberle sonreído siempre. A Zapatero lo conoció en 2000, cuando el presidente era sólo un aspirante a la secretaría general del PSOE, tras la renuncia de Joaquín Almunia. Corbacho formaba parte de la gestora que se encargó de llevar las riendas del partido bajo la presidencia de Manuel Chaves. “Allí conocí a Trini , que quería presentarme a toda costa a Zapatero. Un día me visitaron los dos en L’Hospitalet. Tuvimos una entrevista larga en mi despacho y luego, en el reservado de un restaurante, comimos los tres con Pepe Montilla, que no conocía a Zapatero”.

No era la primera vez que el destino ponía a Corbacho en el sitio justo en el momento apropiado. Cuando su vida política parecía haber entrado en una vía muerta, en L’Hospitalet, a la sombra de Juan Ignacio Pujana, un alcalde enormemente popular, el destino vino en su ayuda. En 1994, Pujana fue imputado por tráfico de influencias. La justicia demostró que había cobrado comisiones por la construcción de un aparcamiento. Fue el primer alcalde de la democracia condenado por un asunto tan feo. Y Corbacho, primer teniente alcalde, le heredó. “Aquello fue muy duro. Para el partido y para mí. La gente se preguntaba cómo era posible que yo, siendo concejal de Urbanismo, no estuviera enterado de nada”, dice. Para eliminar cualquier sombra de duda sobre su honestidad decidió irse a un notario y levantar acta de sus bienes y de los de su mujer, así como de los respectivos saldos bancarios. “Hice 90.000 fotocopias del documento, y las mandé echar en los 90.000 buzones de L’Hospitalet”.

Aquel detalle de transparencia conquistó a los vecinos. Aunque no a todos. “Cualquiera sabe que una persona puede desviar sus bienes a sociedades tapadera”, dice un hospitalense al evocar el episodio. La gente le votó. Tuvo mayoría absoluta en las elecciones de 1995, la repitió en 1999, en 2003 y en 2007.

“Ser socialista en Cataluña es un seguro político”, apunta Juan Carlos del Río, portavoz municipal del PP en L’Hospitalet. “El PSC gana en estas zonas haga lo que haga. Se puede caer la Sagrada Familia y seguirán ganando. Se hundió el Carmel y sacaron mayoría”. Del Río critica con dureza la gestión municipal de Corbacho. “Ha sido puro escaparate. En L’Hospitalet se han creado auténticos guetos de inmigrantes. Hay barrios como Torrasa con un 30%, y eso hace que en las escuelas pueda haber hasta un 80% de niños inmigrantes”. Según Del Río, faltan plazas en residencias de ancianos, hay más pobres, y aunque la población sigue creciendo (261.000 habitantes), “no deja de descender la cifra de votantes, porque los españoles se van”.

Otros le contradicen. La propia alcaldesa, Nuria Marín, y Ramón Luque, cuyo partido (ICV-EUiA) ha gobernado los últimos años con el PSC, pese a la mayoría absoluta socialista, creen que Corbacho ha sido esencial en esa ciudad. “L’Hospitalet era poco más que un arrabal de Barcelona, una ciudad sin nombre, y Corbacho lo ha puesto en el mapa”, dicen. Su política urbanística tiene, no obstante, claroscuros. Consiguió coser una ciudad rota por las vías férreas, que Fomento se ha comprometido a soterrar. Una obra que se ha hecho ya en la Gran Vía, la antigua carretera que unía L’Hospitalet con Barcelona, donde hoy se ubican la Fira, centros comerciales y hoteles de lujo.

Aun así, hay quien le reprocha haber hecho un urbanismo “de nuevo rico”, gastando grandes sumas en edificios de firma que no satisfacen las necesidades de una ciudad obrera que se proletariza cada vez más, por la llegada masiva de inmigrantes.

Corbacho se aferra a los elogios que le han hecho grandes arquitectos y urbanistas, convencido de que gracias a él, “y a los colaboradores excelentes” de los que se ha rodeado, L’Hospitalet ha experimentado la mayor transformación de su historia.

Quizá no sea tan fácil darles la vuelta a las cifras de paro, ni coser la fractura económica que se está abriendo ahora entre los inmigrantes, primeras víctimas de la crisis, y el resto de los trabajadores españoles, pero él está dispuesto a dar la batalla. “Probablemente resolveré menos problemas de los que me gustaría y, al final, probablemente, los demás consideren que acabo resolviendo pocos”, dice. “No voy a ser ministro para toda la vida, esto es coyuntural. Lo que sí voy a ser para siempre es militante socialista”.

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